Diario de un endrino: Febrero



Dejábamos al endrino el mes pasado a la orilla del camino, desnudo al invierno, sin protección y expuesto al frío y la nieve.
Estamos tan acostumbrados a ver a los endrinos así, en las orillas de los caminos, en los ribazos, en los lindes de los campos y bosques, que hay incluso quien piensa que son estos los terrenos que el endrino prefiere para vivir.
También pensará, supongo, que los estudiantes comen bocadillos para cenar porque lo prefieren al chuletón o al menú de sidrería. Pero, igual que los jóvenes comen aquello para lo que da el presupuesto, el endrino no elige los ribazos para vivir: simplemente se ha acostumbrado a aprovechar el poco terreno que le dejan.

Tan solitarios y arrinconados encontramos siempre a los endrinos que podríamos pensar que no encontraron quien los cuidara. Sin embargo hace ya tiempo que el endrino encontró en Navarra su tierra prometida: tierras de cultivo, cuidados, hasta mimos algunos privilegiados a quienes dieron acomodo en las fincas de un Palacio, el Palacio de la Condesa de la Vega del Pozo en Dicastillo.
Hasta allí llego para comprobar cómo los endrinos prefieren la tierra de cultivo a los ribazos. Y me encuentro con que los endrinos toman forma de árboles frutales, con esa forma que los técnicos denominan vaso y que deja el interior del árbol limpio de ramas, sin esa estructura de ramas y pinchos que en los endrinos de los caminos les hace parecer una bola de espinos.

Me explican que el vigor para darle la altura de un frutal se consigue injertando el endrino sobre un plantón de ciruelo. Quizás otro día podamos aprender más acerca de los injertos pero hoy me ha llamado la atención la diferencia de la estructura de ramas y me quedo observando cómo se consigue. Porque es el momento adecuado para verlo ya que el mes de febrero es ideal para podar los endrinos, para eliminar todas las ramas que el endrino sigue produciendo para protegerse de peligros ya inexistentes y dejar sólo aquellas que producirán fruto. Se consigue también así dejar el árbol más aireado y soleado para que los frutos maduren mejor, también para que podamos recogerlos cuando maduren.

Veo cómo con una tijera de podar se cortan las ramas demasiado vigorosas, cruzadas, con muchos pinchos… Y el árbol queda con esa forma parecida a un vaso, o quizás a una copa alta, diría yo.
Observo de cerca las ramas y veo que ya comienzan a abultarse las yemas… parece que quiera comenzar a brotar aunque todavía queda un mes para la primavera.
Recorriendo la finca consigo encontrar una única flor que que ya se abrió. Quién sabe, quizás tuvo prisa para lograr ser la primera en mostrar su blanco color en estos jardines del Palacio de la Vega.
Pero sólo unos días más tarde,  a pesar de que el endrino parece estar preparándose para florecer, el invierno reaparece con sus fríos y nieves. Y nos demuestra que era esta pequeña flor, y no el calendario, quien se equivocaba: todavía falta un mes para que llegue la primavera.

Aun así el endrino parece querer decirnos que no se rinde y, con sus llemas a punto de abrirse bajo la nieve, nos recuerda que ya está despertando.



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